Heidi
Heidi La tristeza de Heidi no pasó inadvertida a la abuela. Ésta dejó transcurrir algunos dÃas, para ver si la niña salÃa de su abatimiento. Pero al ver que no se operaba ningún cambio en la pequeña y advertir, casi todas las mañanas, que Heidi habÃa llorado de nuevo, la llamó un dÃa a su habitación y le preguntó con mucha bondad:
—Dime, Heidi, ¿qué es lo que tienes? ¿Acaso te aflige alguna pena?
Pero Heidi temÃa parecer ingrata a la abuela, y de enojarla también; asà respondió con tristeza:
—No lo puedo decir.
—¿No? Y a Clara, ¿se lo puedes decir?
—No, no, a nadie —exclamó la pequeña con tanta pena que la anciana sintió lástima.
—Escúchame bien, pequeña Heidi —continuó—, quiero decirte algo. Cuando se tiene una pena que no se puede confiar a nadie, hay que decÃrsela a Dios, que está en el cielo, y se le pide ayuda a él, porque él puede resolver nuestras dificultades. Lo entiendes, ¿verdad? ¿Te acuerdas todas las noches de dar gracias a Dios por lo que te da y de rogarle que te libre de mal?
—No, nunca hago eso.
—¿No has rogado nunca a Dios, Heidi? ¿No sabes lo que es una oración?
—Lo aprendà hace ya muchÃsimo tiempo con mi primera abuela, pero lo he olvidado.