Heidi
Heidi —¿Ves, Heidi, por qué estás tan triste? Es que no tienes a nadie que te ayude. Piensa un poco el bien que te hará cuando tengas algo que te oprima y te atormente, y puedas ir a Dios y rogarle que te ayude. Porque él lo hace si nosotros se lo pedimos y asà nos devuelve la felicidad.
Los ojos de Heidi se iluminaron:
—¿Y se le puede decir todo, todo? —preguntó.
—SÃ, Heidi, todo, todo.
Heidi retiró su mano de entre las de la abuela y dijo:
—¿Puedo irme ahora?
—Claro que sà —respondió la abuela.
Y sin esperar más, Heidi se alejó corriendo y subió a su habitación. Allà se sentó sobre su taburete y, juntando las manos, contó a Dios todo lo que tenÃa en su corazón, todo lo que la hacÃa sentirse desgraciada, y le pidió con insistencia que acudiese en su socorro y que le permitiese volver pronto, muy pronto, a casa de su abuelo.
HabÃa transcurrido desde aquel dÃa, poco más o menos, una semana, cuando el profesor pidió permiso para ver a la señora Sesemann, pues deseaba tener con ella una conversación acerca de un hecho muy singular. La anciana señora lo recibió y le tendió amistosamente la mano cuando entró.