Heidi
Heidi Heidi había escuchado con mucha atención. Cada una de las palabras de la abuela le llegó al corazón, porque tenía en ella una fe sin límites.
—Ahora mismo voy a pedir perdón a Dios y nunca más le olvidaré —dijo la niña, llena de arrepentimiento.
—Así me gusta, Heidi; ten la seguridad de que él te ayudará cuando haya llegado el momento. Heidi salió corriendo de la habitación y se fue a la suya para pedir perdón a Dios y rogarle que no la olvidara nunca, sino que velara por ella desde arriba.
Había llegado el día de la marcha, un día muy triste para Clara y para Heidi, pero la abuela supo darle un aire festivo para hacer olvidar a las dos niñas su tristeza. Sin embargo, cuando vieron a la abuela alejarse en el coche, sintieron un gran vacío. Un silencio pesado invadió la casa, como si todo hubiera acabado, y Clara y Heidi pasaron el resto del día juntas y desamparadas, y se preguntaban qué harían sin la abuela.
Al día siguiente, después de las lecciones, Heidi se dirigió a Clara con el gran libro debajo del brazo y le dijo:
—Te voy a leer cuentos todos los días, ¿quieres, Clara? Clara aceptó y Heidi empezó a leer con mucho entusiasmo. Pero pronto interrumpió la lectura, porque la narración trataba de la muerte de una abuela; la pequeña exclamó, estallando en sollozos: