Heidi

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—Espérate, ahora llego, no puedo contarlo todo a la vez —respondió Dete—. Pues Tobías había ido a Mels para hacer allí de aprendiz y cuando regresó a Dörfli se casó con mi hermana Adelaida. Siempre se habían gustado y, una vez casados, fueron muy felices. Pero la dicha fue corta. Dos años más tarde, cuando Tobías trabajaba en una construcción, le cayó una viga en la cabeza y lo mató. Cuando trajeron su cuerpo a casa, Adelaida sufrió un colapso con unas fiebres muy altas de las que no llegó a reponerse. Su salud siempre había sido delicada, y a veces caía en una languidez durante la cual no se sabía si dormía o estaba despierta. Poco tiempo después de la muerte de Tobías, enterramos también a mi hermana Adelaida. Todo el mundo lamentaba la trágica suerte de aquellos dos y se decía que era castigo de Dios a causa de la vida que había llevado el tío. Algunos incluso se lo echaron en cara y hasta el cura le habló para inducirle a mostrar arrepentimiento. Sin embargo el viejo se volvió todavía más hosco y no quiso hablar ya con nadie; y por otra parte la gente también evitaba encontrarse con él. Un buen día, se supo que se había ido a vivir en lo alto de la montaña y que ya no volvería a bajar. Desde entonces está allí, enemistado con Dios y con los hombres. Mi madre y yo recogimos a la hija de Adelaida, que entonces tenía un año. Pero el año pasado, cuando murió mi madre, me fui al balneario para ganar algo de dinero y me llevé a la pequeña. La puse en pensión, en casa de la vieja Úrsula de Pfaeffers. Pasé todo el invierno en el valle y, como también sé coser y remendar, no me faltó trabajo. Esta primavera, la familia de Frankfurt, a la que conocí el año pasado donde yo servía, ha vuelto y me pide nuevamente que vaya con ellos. Saldremos pasado mañana. Es un buen empleo, te lo aseguro.


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