Heidi

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Durante este tiempo, la señorita Rottenmeier había logrado al fin vestirse correctamente, excepto el tocado, porque lo llevaba puesto del revés, de tal modo que parecía tener vuelto el rostro. El señor Sesemann atribuyó el extraño aspecto de la dama a lo intempestivo de la hora y pasó, sin hacer comentarios, al asunto que le urgía. Ordenó a la señorita Rottenmeier que preparara en seguida una maleta y pusiese en ella todas las cosas de la pequeña suiza —llamaba así a Heidi porque el nombre de la niña no le era familiar—, así como una buena cantidad de prendas de vestir de Clara, a fin de que la niña pudiera llevarse a casa un buen equipo. Y que todo debía hacerse sin dilación alguna y con la mayor rapidez. La estupefacción de la señorita Rottenmeier fue tan grande que se quedó como clavada en el suelo y mirando fijamente al señor Sesemann. Ella se había imaginado oír una horrible historia de fantasmas acaecida durante la noche. La verdad es que no le hubiese disgustado, ahora que ya era de día. En vez de eso, no solamente le daba órdenes muy prosaicas, sino además bastante molestas. De ahí que la dama no lograra salir de su asombro. Esperaba, inmóvil, explicaciones que el señor Sesemann no estaba dispuesto a darle. La dejó plantada y se fue al dormitorio de su hija.




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