Heidi

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Dete tendió la mano a su amiga y se detuvo un momento para verla entrar en la casa del cabrero. Estaba situada a unos metros del camino, en una hondonada, y aunque estaba al abrigo del viento, la casa era tan vieja y tan destartalada que debía de ser peligroso vivir en ella cuando el föhn[2] soplaba con violencia y hacía crujir puertas y ventanas y hacía temblar las vigas. Si hubiese sido construida arriba en la montaña, en un día de ésos, el viento se la hubiera llevado valle abajo. En esta cabaña vivía Pedro, el cabrero, de once años, que descendía todas las mañanas a Dörfli para llevarse las cabras a los pastos de alta montaña, donde crece una buena hierba corta y aromática. Al final del día, Pedro bajaba saltando con los ágiles animales y, al llegar a Dörfli, silbaba con los dedos. Los dueños de las cabras acudían a la plaza, y cada uno se llevaba las suyas. Casi siempre enviaban a los niños, porque las cabras son criaturas apacibles. En verano, éste era el único momento del día en que Pedro podía encontrarse con niños de su edad; el resto del tiempo, lo pasaba en compañía de las cabras. Verdad era que en casa estaban su madre y su abuela ciega, pero él salía por la mañana muy temprano, después de tomar pan y leche, y volvía tarde por la noche porque se quedaba a jugar todo el tiempo posible con los niños del pueblo. Entonces cenaba rápidamente un trozo de pan y un vaso de leche y caía rendido de fatiga sobre la cama. Su padre, al que llamaban también «Pedro el cabrero», porque se había dedicado durante su juventud al mismo oficio, había muerto hacía años de accidente en el bosque cortando un árbol. Su madre se llamaba Brígida, pero todo el mundo la llamaba «la cabrera» por tradición, y en cuanto a la abuela ciega todos, jóvenes y viejos, la conocían como «Abuela».


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