Heidi
Heidi Mientras tanto, los niños habían hecho una gran caminata, porque Pedro conocía los sitios donde los animales podían encontrar los matorrales y zarzales que tanto les gustaban. Pero eso había alargado la ruta considerablemente. Al principio a la niña le costó seguirle, jadeaba por el esfuerzo y se ahogaba a causa de la abundancia de ropa que llevaba encima. No decía nada pero miraba a Pedro, quien, con los pies desnudos y pantalones cortos, corría de una parte a otra sin esfuerzo alguno, y a las cabras, que, con sus finas patas brincaban y subían con más ligereza aún. De pronto la niña se sentó en el suelo y se quitó rápidamente los pesados zapatos y las medias, se levantó de nuevo y empezó a despojarse del pañuelo rojo, desabrochó su vestido y se lo quitó. Tenía aún otro debajo, porque su tía Dete le había puesto el vestido bueno para no tener que llevarlo en la mano. En menos de un minuto, el segundo vestido también cayó en la hierba y la niña se encontró en camiseta y enaguas, agitando sus brazos desnudos. Dobló su ropa, la recogió en un montoncito, y se fue a correr alegremente detrás de las cabras y de Pedro. Éste no había reparado en aquel alto imprevisto. Cuando la vio llegar con su nuevo atavío, su rostro se inundó de satisfacción; y cuando, al volverse, vio más abajo el montón de ropa, su sonrisa se extendió de oreja a oreja, pero no dijo una sola palabra. Heidi se sentía tan ligera que se puso a charlar, haciendo muchas preguntas que el chico no tuvo más remedio que contestar. Quería saber cuántas cabras tenía, adónde las llevaba a pacer, qué era lo que hacía allí arriba. Hablando de ese modo, los dos niños llegaron con las cabras a la casita del cabrero y se encontraron con la tía Dete, que nada más verlos, empezó a gritar: