Heidi
Heidi —¿Heidi, qué has hecho? ¡Cómo vienes! ¿Dónde están tus vestidos, tu pañuelo? ¿Y los zapatos que te compré especialmente para la montaña? ¿Y tus calcetines nuevos? ¡Todo ha desaparecido! ¡Contéstame, Heidi!
—¡Allà abajo! —respondió la niña tranquilamente, señalando con la mano hacia la pendiente.
La tÃa vio, en efecto, un montoncito a lo lejos, cubierto con una cosa roja que debÃa de ser el pañuelo.
—¡Desgraciada! —exclamó furiosa—. ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Por qué te has quitado la ropa? ¿Qué significa esto?
—No me hace falta —contestó la niña, que no parecÃa afligida por su conducta.
—¡Te has vuelto completamente loca! ¿Quién irá a buscarla ahora? Se necesita por lo menos media hora para bajar hasta allÃ. ¡Pedro, ven aquÃ! ¡Ve a buscar las cosas y date prisa, no te quedes ahà plantado mirándome!
—Ya me he retrasado bastante —dijo Pedro lentamente, sin moverse del sitio desde donde habÃa asistido, con las manos en los bolsillos, a la explosión de cólera de la tÃa.
—Entonces, ¿qué haces ahà contemplándome? —dijo—. Ven aquÃ, te daré algo que te gustará. ¿Qué te parece eso?