Heidi

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El Viejo de los Alpes estaba sentado en un banco de madera fijado en la pared de la casa que daba sobre el valle. Fumaba en pipa, las dos manos apoyadas en las rodillas, y observaba tranquilamente al terceto que se aproximaba en compañía de las cabras.

Heidi llegó primera, se dirigió derecha hacia el anciano, y tendiéndole la mano le dijo:

—Buenos días, abuelo.

—¿Qué significa esto? —contestó en tono rudo, pero también le tendió la mano, y contempló a la niña largamente por debajo de sus espesas cejas.

Heidi sostuvo la mirada sin pestañear. Aquel abuelo, con la larga barba, las cejas grises erizadas como la maleza, le causaba tanta extrañeza, que no podía dejar de mirarlo. Mientras, Dete llegó también, seguida de Pedro, que se detuvo un momento para observar la escena.

—Le deseo buenos días, Viejo —dijo Dete acercándose—. Le traigo a la hija de Tobías y Adelaida. Creo que no la reconocerá. La última vez que la vio usted, tenía un año.

—¡Ah! ¿Y qué ha de hacer ella aquí? —preguntó el viejo secamente; y, dirigiéndose a Pedro, añadió—: ¡Tú, márchate con las cabras, ya es tarde, y llévate las mías!

Pedro obedeció inmediatamente y desapareció con su rebaño, porque le bastaba con una sola de las terribles miradas del Viejo.


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