Heidi
Heidi —Ha de quedarse con usted, Viejo —contestó Dete—. Creo que he hecho todo lo que debÃa durante esos cuatro años, ahora le toca a usted.
—¡Vaya! —dijo el viejo a Dete echándole una mirada fulgurante—. Y si la niña no quiere quedarse y empieza a llorar porque quiere irse contigo, ¿qué quieres que haga yo?
—Será su problema —replicó Dete—. Nadie ha venido a decirme a mà cómo me las habÃa de arreglar cuando tuve que hacerme cargo de una niña de sólo un añito, y bastante tenÃa ya con mi madre. Ahora he aceptado un nuevo empleo y usted es su pariente más próximo; si no puede tenerla, haga lo que quiera, pero si le pasa algo, será usted el responsable. ¿No cree que ya tiene bastante sobre la conciencia?
Dete también se sentÃa un poco culpable y por eso, sin querer, habÃa dicho más de lo que querÃa. Al oÃr sus últimas palabras, el Viejo se levantó y la miró de tal manera, que la joven se echó atrás. Después el viejo levantó el brazo gritando:
—¡Vete inmediatamente de aquà y no vuelvas en mucho tiempo!
Dete no se hizo repetir el mandato.
—Pues bien, ¡adiós! ¡Adiós, Heidi! —dijo rápidamente, y presa de una violenta emoción, bajó corriendo sin detenerse hasta Dörfli.