Heidi
Heidi Cuando llegó a la aldea, todo el mundo se precipitó sobre ella para hacerle preguntas; todos conocÃan bien a Dete y sabÃan quién era la pequeña.
—¿Dónde está la niña? —le gritaban— Dete, ¿dónde has dejado a la pequeña?
Dete, cada vez más impaciente, contestaba:
—Allá arriba, con el Viejo. ¿Lo habéis oÃdo? ¡En casa del Viejo de los Alpes!
De todas partes las mujeres se exclamaron: «¿Cómo has podido hacer semejante cosa?». «¡Pobrecita!». «¡Una niña indefensa!». Y una y otra vez oÃa: «¡Pobre niña!».
Muy irritada, Dete huyó tan rápidamente como pudo, y se sintió aliviada cuando dejó de oÃrlas. No tenÃa la conciencia tranquila, ya que su madre antes de morir le habÃa confiado la pequeña. Pero Dete se dijo, a fin de tranquilizarse, que podÃa volver a cuidar de ella cuando hubiera ganado mucho dinero. Y a medida que se alejaba del pueblo y de sus gentes, se alegraba de la magnÃfica colocación que la esperaba.