Heidi

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Heidi se precipitó al encuentro de su buen amigo. Éste la saludaba con la mano. Cuando la pequeña lo alcanzó, lo abrazó cariñosamente y exclamó conmovida:

—¡Buenos días, señor doctor! Y muchas, muchas gracias.

—¡Buenos días, Heidi, que Dios sea contigo! ¿Y por qué me das las gracias ya ahora? —preguntó el doctor sonriendo.

—Pues porque he podido volver a casa de mi abuelo.

El rostro del doctor resplandeció como iluminado por un rayo de sol. No había sospechado que le dieran tan buena acogida en los Alpes. Siempre sumido en sus tristes pensamientos y sintiéndose, más que nunca, muy solitario, había subido a la montaña sin advertir las bellezas de la Naturaleza, que aumentaban a medida que subía. Habíase dicho que lo más probable sería que la pequeña Heidi no lo reconociera, toda vez que lo había visto sólo de cuando en cuando. Además, tenía la impresión de que con su persona llevaba una decepción a la niña y que, naturalmente, no habían de recibirlo bien. Pero, muy al contrario, los ojos de Heidi brillaban de alegría y, llena de agradecimiento y de afecto, no le soltaba del brazo.

El doctor, con ternura paternal, cogió a la niña de la mano y le dijo:

—Vamos, Heidi, llévame junto a tu abuelo y enséñame tu casa.


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