Heidi

Heidi

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Mas Heidi no se movía del sitio; con mirada de sorpresa miraba hacia el valle.

—¿Dónde están Clara y la abuelita? —preguntó por último.

—Sí, es verdad, he de decirte lo que ha de causarte pesar, como me entristece a mí —dijo el doctor—. He venido solo, Heidi. Clara estaba muy enferma y no podía ponerse en camino; por lo tanto, tampoco puede venir su abuela. Pero en la próxima primavera, cuando los días sean largos y el sol caliente más, entonces es seguro que vendrán.

Heidi se quedó quieta, muy decepcionada. No podía comprender que toda la alegría que de antemano experimentara se desvaneciera así de pronto. Permaneció inmóvil, como aturdida ante aquel golpe inesperado. El doctor guardó silencio; todo a su alrededor estaba quieto; sólo más arriba se oía el viento que sacudía los altos abetos. Súbitamente, Heidi recordó por qué había bajado corriendo la pendiente y que su buen amigo el doctor había venido a verla. Entonces alzó la vista y vio que sus ojos estaban tan tristes como nunca los tuviera allá en Francfort. La mirada de su buen amigo le llegó al corazón, porque Heidi no podía ver que nadie estuviera triste, y menos aquel hombre tan bondadoso. Seguramente el doctor sufría porque Clara y la abuelita no habían podido acompañarlo, se dijo Heidi, y en seguida buscó un consuelo y lo halló.


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