Heidi

Heidi

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Al penetrar en el edificio por la parte posterior, se entraba, primero, en una sala muy amplia, una de cuyas paredes faltaba por completo y la otra existía sólo en parte; veíase en ésta todavía una ventana ojival, cuyos vidrios habían desaparecido hacía muchos años y por la cual trepaba vigorosamente una planta enredadera. El espeso follaje llegaba hasta el techo, que se hallaba aún lo suficientemente intacto para que fuera fácil reconocer que aquella sala había sido, en otros tiempos, una capilla. Desde allí se pasaba, sin necesidad de cruzar puerta alguna, a un vasto vestíbulo en el que quedaban aún restos de las hermosas losas del antiguo pavimento, entre las cuales crecía espesa la hierba. Los muros estaban también, en parte, derruidos y, sin dos grandes pilares que sostenían lo que aún quedaba del techo, hubiérase podido temer que los últimos trozos iban a precipitarse sobre la cabeza del que cruzara aquella estancia en ruinas. En ella, el Viejo había hecho una especie de jaula de madera; cubrió, además, el suelo con una espesa capa de paja, y destinó aquel antiguo vestíbulo a cobijar a las cabritas. Luego había una larga sucesión de pasillos medio derruidos también, por cuyas brechas se veía, a veces, el cielo azul, y otras, el prado o la linde del camino. En la fachada principal de la mansión había una gran puerta de roble, sólidamente fija en sus goznes, que daba paso a una vasta sala todavía en buen estado; las cuatro paredes estaban revestidas de madera, aún intacta; en uno de los ángulos se alzaba una enorme chimenea de piedra, cubierta de azulejos, que alcanzaba casi el techo. La loza estaba decorada con pinturas azules que representaban: aquí un cazador con un perro, allí un tranquilo lago bordeado de espesos castaños, y en otro lugar a un pescador sentado en la orilla del río, tirando lejos de sí el hilo de pescar. Un banco de madera rodeaba la estufa de modo que ofrecía cómodo asiento al que quisiera contemplar las pinturas de los azulejos o estudiarlas de cerca. Esto fue lo que inmediatamente llamó la atención de la pequeña Heidi. Apenas entró en la sala, acompañada de su abuelo, corrió en derechura hacia la chimenea y se instaló en el banco para contemplar los dibujos. Al deslizarse lentamente por el banco para dar la vuelta por la enorme estufa, otro descubrimiento absorbió toda su atención: en el gran espacio que quedaba entre la pared y la chimenea había cuatro tablas de madera, cuya forma se parecía mucho a un marco para guardar manzanas, pero no contenía esta fruta; aquello era, sin duda alguna, el lecho de Heidi, casi exactamente igual al que tenía en la cabaña, es decir, un gran montón de heno cubierto por una sábana, y un saco a guisa de colcha. Heidi brincó de alegría.


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