Heidi

Heidi

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—¡Oh, abuelito! ¡Ésta es mi habitación! ¡Qué bien se está aquí! Pero tú, ¿dónde vas a dormir?

—Era preciso que tu cama estuviese cerca de la estufa para que no tengas frío —dijo el abuelo—. La mía está aquí al lado. Si quieres venir, te la enseñaré.

Heidi atravesó la gran sala saltando y brincando, y siguió al abuelo por una puerta que daba a una habitación más pequeña en la que el Viejo había instalado su lecho. En el fondo de la estancia había una puerta que Heidi se apresuró a abrir: asombrada, se detuvo en el umbral de una inmensa cocina, tan grande como jamás había podido imaginar otra igual. En aquella habitación había realizado el Viejo la verdadera obra de reparación, y aún le quedaba mucho que hacer para cerrar todas las rendijas y grietas por las que entraba el viento. Había fijado en las paredes tantas tablas de madera, que la habitación parecía contener gran número de armarios. La gran puerta de la cocina había sido también reparada por medio de alambres y de clavos para que se abriese y cerrase fácilmente; había sido muy necesaria esta reparación, pues la puerta daba sobre la parte del edificio que estaba más en ruinas y en la que crecía toda clase de maleza y anidaban tranquilamente insectos y lagartos.


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