Heidi
Heidi La nueva casa fue muy del agrado de Heidi. Al día siguiente, cuando llegó Pedro para ver cómo iban las cosas en el nuevo domicilio de su amiguita, ésta se hallaba ya muy familiarizada con todos los rincones y escondrijos y pudo, sin dificultad alguna, conducir al chico para que lo viera todo; no le dejó un momento de reposo hasta que hubo examinado todas las cosas notables que encerraba la vieja mansión señorial.
Heidi dormía muy bien en su rincón, detrás de la estufa, pero a la mañana creía siempre despertar en la cabaña de los Alpes y le parecía que había de levantarse rápidamente para abrir la puerta y ver si era la nieve la que, a causa de su peso sobre las ramas, hiciera enmudecer a sus viejos amigos los pinos. No recordaba el lugar donde se hallaba hasta haber girado la vista largo rato en torno de la habitación y, cada vez que le asaltaba el temor de no encontrarse ya en la montaña, sentía que algo le oprimía el corazón. Pero cuando oía que su abuelo hablaba a las dos cabritas y advertía el alegre balido de éstas, que parecían decirle: «Date prisa, Heidi, y ven a vernos», la niña comprendía que se hallaba realmente en su casa y saltaba alegremente del lecho para vestirse en seguida.
Sin embargo, al cuarto día de su estancia en la nueva casa, Heidi, muy preocupada, dijo a su abuelito:
—Hoy es absolutamente preciso que suba a ver a la abuelita, no puedo dejarla sola durante tanto tiempo.