Heidi

Heidi

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Mas el abuelo no era del mismo parecer.

—Ni hoy ni mañana podrás ir —contestó—. Hay dos metros de nieve en la montaña, y aún sigue nevando. Pedro, que es un muchacho fuerte y robusto, tiene su trabajo para poder hacer el camino, pero una niña como tú, tan pequeñita, se vería envuelta en la nieve en un abrir y cerrar de ojos, y nunca te volverían a encontrar. Aguarda hasta que haya helado; entonces podrás andar todo lo que quieras sobre la nieve endurecida.

La idea de esperar causó a la niña, al principio, un gran disgusto. Pero tantas eran sus ocupaciones y distracciones durante el día, que el tiempo transcurría sin que se diera cuenta. Heidi iba todas las mañanas y todas las tardes a la escuela de Dörfli, donde aprendía con ardor todo lo que le enseñaban.

En cuanto a Pedro, apenas si lo veía en la escuela, porque casi nunca iba. El maestro era un hombre indulgente y se contentaba con decir de cuando en cuando:

—Parece que Pedro tampoco viene hoy. Es una lástima, porque le convendría mucho acudir con más asiduidad a clase, pero también es verdad que debe de haber mucha nieve en la montaña y, seguramente, no habrá podido salir de casa.

No obstante, hacia la caída de la tarde, cuando la escuela estaba cerrada, Pedro hallaba fácilmente un medio para salir, a pesar de la nieve, y hacer una visita a Heidi.


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