Heidi
Heidi Al cabo de algunos días, el sol volvió a lucir en el cielo e inundó con sus rayos el albo manto de la nieve con que estaba cubierta de tierra. Pero el sol se ponía muy temprano por la tarde y desaparecía detrás de las altas montañas, como si no le gustara contemplar la tierra más que cuando todo reverdecía y estaba en flor. Apenas empezó a oscurecer, apareció la luna, grande y brillante, y durante la noche daba claridad a los vastos campos de nieve; luego, a la mañana siguiente, los Alpes resplandecían de nuevo como un inmenso diamante.
Cuando Pedro quiso proceder como los días anteriores y saltar por la ventana sobre la nieve caída durante la noche, la cosa no sucedió como esperaba. En lugar de caer sobre una blanda y densa capa de nieve, su cuerpo chocó contra la superficie endurecida a causa de la helada y, cogido de sorpresa, se deslizó un trecho por la pendiente de la montaña como un trineo sin gobierno. Cuando al fin logró ponerse en pie, dio con el tacón de su zapato fuertes golpes en la capa de nieve para averiguar exactamente la causa de lo que acababa de acaecer.