Heidi
Heidi En su carrera iba dejando una estela de fragmentos: los brazos, el respaldo, los cojines. Al ver esto, Pedro experimentó tan inmensa alegría, que dio un gran salto y se echó a reír para dar rienda suelta a su regocijo. Después volvió a su refugio para seguir espiando. Nuevas carcajadas y nuevos saltos de alegría. Pedro enloquecía de placer contemplando la destrucción de su enemigo. Preveía lo que iba a pasar: ahora que la forastera carecería de medio de transporte, se vería precisada a partir. Heidi estaría de nuevo sola, la acompañaría a los campos y la tendría para él por la mañana y por la tarde, hasta la hora de regresar a la cabaña, por lo cual todo volvería a su natural estado. Mas Pedro no calculaba lo que sucede después de haber cometido una mala acción.
Heidi fue la primera en salir de la cabaña y se dirigió rápidamente hacia el cobertizo, seguida del abuelo, que llevaba a Clara en brazos. La puerta del cobertizo estaba completamente abierta, las dos tablas habían sido apartadas y la luz del día penetraba hasta los más profundos rincones. Heidi miró en todas direcciones y después volvió al lado del abuelo con rostro en el que se dibujaba el más profundo asombro. El Viejo avanzó a su vez.
—¿Qué significa esto? ¿Eres tú, Heidi, la que te has llevado el sillón?