Heidi
Heidi —No, abuelito. No lo encuentro por ninguna parte, a pesar de que dijiste que estaba en la puerta del cobertizo —repuso la niña mirando en todas direcciones.
A todo esto, el viento habÃa adquirido mayor violencia y comenzó a sacudir las puertas del cobertizo.
—Abuelito, ha sido el viento —exclamó Heidi—. ¡Oh, si se hubiera llevado el sillón de Clara a Dörfli, tardarÃamos mucho tiempo en volverlo a traer y ya no podrÃamos ir a los prados porque serÃa demasiado tarde!
—Si ha llegado a Dörfli, no podremos encontrarlo de ninguna manera, porque se habrá hecho mil pedazos —dijo el abuelo avanzando para examinar la pendiente—. Es curioso —añadió midiendo con la mirada el trayecto que debÃa de haber recorrido el sillón para dar la vuelta a la cabaña.
—¡Oh, qué desgracia, ya no podremos ir hoy, y acaso jamás, a los campos de pastos! —exclamó Clara, desolada—. Indudablemente será preciso que me vuelva a casa, puesto que no tengo el sillón. ¡Qué desdicha, qué desdicha!
Pero Heidi levantó hacia el Viejo sus ojos llenos de confianza y dijo:
—¿Verdad, abuelito, que tú inventarás cualquier cosa para que Clara no tenga necesidad de volver en seguida a su casa, como ella cree?