Heidi

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—Por hoy, iremos a los campos como nos lo habíamos propuesto. En cuanto a lo demás, ya veremos lo que sucede.

Las niñas dieron rienda suelta a su alegría.

El Viejo entró en la cabaña y salió con unos cuantos chales que extendió cerca del muro y puso sobre ellos a Clara. Después fue en busca de la leche para que se desayunaran las niñas e hizo salir a Blanquita y Diana del establo.

—¿Por qué tardará tanto nuestro general? —dijo el Viejo como hablando consigo mismo, pues no había oído todavía el silbido del muchacho.

—Desde hoy —dijo poniéndose en marcha— las cabras vendrán con nosotros.

Heidi no podía desear cosa mejor. Un brazo en torno del cuello de Blanquita y rodeando con el otro el de Diana, corría alegremente detrás del abuelo; las cabras se mostraban tan contentas de ir de nuevo en su compañía, que la estrujaban a fuerza de estrecharse contra ella.

Al llegar a lo alto vieron de pronto a las cabras que pacían tranquilamente y a Pedro que estaba tumbado entre ellas.

—Otra vez te enseñaré a que silbes cuando pases. ¿Qué significa esto? —exclamó el Viejo.

Apenas oyó esta voz tan conocida, Pedro se puso en pie apresuradamente.


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