Heidi

Heidi

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—Toma, come. Cuando hayas acabado, sube a dormir. Tía Dete también ha dejado un paquete con camisones y cosas por el estilo; si necesitas algo, lo encontrarás en la parte de abajo del armario. Yo voy a meter las cabras en el establo. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches, abuelo, que descanses! ¿Cómo se llaman, abuelo? —exclamó la pequeña corriendo detrás del anciano y de las cabras.

—Ésta se llama Blanquita, y aquélla Diana —le contestó.

—¡Buenas noches, Blanquita, buenas noches, Diana! —gritó Heidi mientras las cabras desaparecían en el establo.

Heidi se sentó en el banco, para beber la leche y comerse el pan, pero el viento era tan fuerte que casi la hizo caer del banco. Se apresuró a terminar, entró en la cabaña y subió hasta su cama, donde se durmió profundamente y tan bien como si se hallara en el lecho de una princesa.

Poco después, y antes de que se hiciera del todo de noche, el abuelo se acostó también, porque se levantaba todas las mañanas con la salida del sol, y ésta, en las alturas de la montaña y en pleno verano, se efectuaba muy temprano.


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