Heidi

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De pronto sonó un agudo silbido. Heidi se quedó quieta y vio que el abuelo avanzaba hacia el sendero. Las cabras descendían de la montaña, saltando y brincando, Pedro en medio de ellas. Heidi soltó un grito de alegría y corrió para reunirse con sus amigas de la mañana, que acarició una tras otra. El rebaño se detuvo delante de la cabaña, y dos lindas cabras, blanca la una y de color castaño la otra, se destacaron y avanzaron hacia el abuelo. Entonces lamieron las manos del anciano, el cual les ofrecía un poco de sal, como tenía por costumbre hacerlo todas las noches. Luego Pedro desapareció con el resto del rebaño. Heidi acarició tiernamente a las dos cabras, corriendo de una a otra y dando la vuelta alrededor de ellas para poder acariciarlas de ambos lados. Estaba loca de alegría.

—¿Son nuestras, abuelo? ¿Las dos? ¿Duermen en el establo? ¿Las tendremos siempre aquí? —preguntaba Heidi, sin dejar apenas tiempo al abuelo de responder con un «sí, sí» lacónico.

Cuando las cabras terminaron de lamer la sal, el anciano dijo:

—Ve a buscar tu tazón y trae el pan.

Heidi obedeció y volvió en seguida. El abuelo empezó a ordeñar la cabra blanca y cuando el tazón estuvo lleno, cortó un trozo de pan y dijo:


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