Heidi
Heidi —Es una silla muy alta, ¡es para mÃ! ¡Y en qué poco tiempo la has hecho! —exclamó la pequeña, que no salÃa de su asombro y de su admiración.
«Esta niña comprende lo que ve», se dijo el abuelo al dar la vuelta a la cabaña, armado de sus herramientas y de algunos trozos de madera, dando aquà y allá un martillazo, asegurando una puerta, reparando un desperfecto.
Heidi le seguÃa paso a paso, sin quitarle ojo y encontrándolo todo muy divertido.
Y asà llegó la noche. El susurro en los viejos abetos se intensificó, un fuerte viento comenzó a soplar y en las cimas de los árboles se oÃan sus gemidos y aullidos. El sonido del viento llenó a Heidi con tanta emoción, que empezó a correr y a saltar debajo de los abetos como si la invadiese una alegrÃa nueva. Desde la puerta del establo, el abuelo la contemplaba.