Heidi
Heidi Él mismo se sentó sobre una esquina de la mesa y empezó a comer. Heidi asió el tazón y bebió el contenido de una vez, pues la sed acumulada durante el viaje se había vuelto a manifestar de golpe. Cuando recobró el aliento, dejó el tazón en la mesita.
—¿Te gusta esta leche? —preguntó el abuelo.
—Nunca la he bebido tan buena —contestó Heidi.
—Pues aquí tienes más —dijo el anciano.
Llenó el tazón otra vez hasta el borde y lo puso delante de la niña, que comía con gran apetito su pan, sobre el cual había extendido el queso asado, tierno como la mantequilla. Entre bocado y bocado tomaba un trago de leche y disfrutaba mucho con aquella rica comida.
Terminada la cena, el abuelo salió para limpiar y poner en orden el establo de las cabras. Heidi miraba con interés cómo barría y ponía en el suelo paja fresca para los animales.
Después le siguió al cobertizo adosado a la cabaña; allí el abuelo cortó tres palos del mismo tamaño, aserró una tabla, y practicó unos agujeros en ella, en los que introdujo los palos. Luego, lo puso en el suelo, y Heidi, muda de admiración, reconoció que era un asiento, parecido al del abuelo, pero mucho más alto.
—¿Sabes qué estoy haciendo, Heidi? —preguntó el abuelo.