Heidi

Heidi

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—Muy bien, pequeña; me gusta que sepas pensar un poco —dijo el abuelo, y puso el queso encima del pan—, pero aún falta algo en la mesa.

Al reparar en el delicioso humo que se elevaba del cazo, Heidi volvió al armario. Había en él tan sólo un tazón, pero la niña no se dejó desconcertar por esto: detrás había dos vasos y la niña regresó a la mesa y colocó allí el tazón y un vaso.

—Muy bien, veo que sabes salir del paso. ¿Dónde quieres sentarte?

El único asiento que había en la cabaña era el del abuelo. Heidi corrió como una flecha hacia el hogar, cogió el taburete y lo colocó ante la mesa, sentándose en él.

—Por lo menos tienes un asiento, sólo que un poco bajo —dijo el abuelo—; pero con mi silla sería lo mismo, tampoco llegarías a la mesa. ¡Ya lo arreglaremos!

Se levantó, llenó el tazón de leche, lo puso sobre la silla y la acercó al pequeño taburete para que así Heidi tuviera una mesita. Después colocó en él un gran pedazo de pan y un trozo de queso dorado y dijo:

—¡Vamos, come!


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