Heidi

Heidi

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—Primero tendremos que comer algo —dijo el abuelo—, ¿qué te parece?

En su afán de prepararse la cama, Heidi había olvidado todo lo demás. Pero al oír hablar de comer, advirtió súbitamente que sentía hambre, porque, aparte del trozo de pan y la tacita de café muy diluido que tomara antes de salir del pueblo, no había tomado nada durante el día y el viaje había sido largo. De aquí que respondiera muy animada:

—¡Sí, sí, vamos a comer!

—Pues bien, bajemos, ya que estamos de acuerdo —dijo el anciano y siguió a la niña.

Se dirigió al hogar, descolgó el caldero grande, lo reemplazó por uno más pequeño, y se sentó en un taburete bajo para atizar el fuego. Poco tardó en hervir el contenido del caldero y mientras tanto, el abuelo, armado de unas pinzas de hierro, sostenía sobre el fuego un gran trozo de queso, dándole lentamente vueltas hasta que estuvo dorado. Heidi había seguido aquellos preparativos con mucha atención. De repente tuvo una idea y corrió hacia al armario; de allí iba y venía hasta la mesa. Cuando el abuelo se acercó con un cazo y el queso asado al extremo de las pinzas, vio el pan redondo, dos platos y dos cuchillos bien puestos en la mesa. Heidi se había fijado en todo lo que había en el armario y sabía qué se necesitaría para comer.


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