Heidi
Heidi El cielo era de un azul profundo, sin que ninguna nube lo empañara. En los ventisqueros cercanos veíanse brillar millares de estrellas de oro y plata. Las grises rocas se erguían orgullosamente dominando todo el valle. El ave de rapiña cruzaba los aires, y la brisa de los Alpes, barriendo las altas cimas, se deslizaba deliciosamente sobre la montaña soleada. Las niñas experimentaban un bienestar indecible. De vez en cuando, una de las cabritas se acercaba y se tendía junto a ellas. La que con más frecuencia hacía esto era la cariñosa Blancanieves; se frotaba contra Heidi y no se habría separado de ella jamás, de no ir a empujarla otra cabra. De esta forma, Clara fue conociendo a todas las cabras y aprendió a no confundir una con otra observando la fisonomía y las maneras propias de cada una de ellas. Las cabras, a su vez, se familiarizaban tanto con Clara que continuamente se acercaban a ella y frotaban su cabeza contra el hombro de la niña, como prueba de amistad y de afecto.