Heidi
Heidi Estas palabras produjeron a Pedro una gran angustia. HabÃa cometido una mala acción que nadie debÃa saber. Hasta entonces no habÃa sentido por ello sino alegrÃa. Pero Heidi le hablaba como si estuviera enterada de todo. Y si estaba enterada, podÃa contárselo al abuelo. Esto último serÃa para Pedro el mayor terror. ¡Si el abuelo supiera lo que le habÃa sucedido al sillón de ruedas! Lleno de pánico se levantó y se acercó a Heidi.
—Iré, pero no digas nada —dijo en tono sumiso y temeroso para que Heidi se compadeciese de él.
—No, no diré nada —repuso para tranquilizarle—. Ven conmigo y no temas, que nada malo va a sucederte.
Cuando estuvieron al lado de Clara, Heidi organizó la ejecución del proyecto: Pedro por un lado, y ella por otro, debÃan coger firmemente el cuerpo de Clara para levantarla. Hasta aquà la cosa iba bien, pero entonces venÃa lo difÃcil. Puesto que Clara no podÃa mantenerse en pie, ¿cómo podrÃan sostenerla y hacerla andar? Heidi era demasiado pequeña para que su brazo le sirviera de apoyo.
—¡Cógeme bien fuerte del cuello! —dijo—. Ahora pasa el otro brazo por el de Pedro y apóyate con todas tus fuerzas. De esa forma podremos llevarte.
Clara hizo lo que Heidi le ordenaba. Pero Pedro, que nunca habÃa dado el brazo a nadie, lo mantenÃa rÃgido a lo largo de su cuerpo, como un bastón.