Heidi
Heidi Éste era el deseo de Heidi. Los niños se instalaron en medio de las flores y Clara se sentó por primera vez sobre el fresco césped, lo cual le causó una sensación de bienestar inefable. En torno de ellos se balanceaban las campanillas azules, la hierba de oro y el diente de león. Por todas partes se expandía el penetrante perfume de las flores silvestres. ¡Qué hermoso era todo aquello! La misma Heidi nunca había experimentado tan deliciosa sensación de belleza. La niña no sabía por qué llenaba su corazón un placer tan grande, tan inmenso, que le daba deseos de gritar. Después, de pronto, acordándose de que Clara estaba curada, comprendió que esto era mucho más hermoso todavía. Clara permanecía silenciosa ante las hermosas perspectivas que le presentaba el porvenir. Su dicha era tan grande que casi no le cabía en el corazón; el brillo del sol y el perfume y el encanto de las flores contribuía a sumirla en el mutismo más completo.
También Pedro estaba silencioso e inmóvil entre las perfumadas flores, pues se había dormido profundamente.