Heidi

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Más tarde, cuando Pedro volvió a Dörfli con sus cabras, halló cerca del camino un numeroso grupo de gente que se empujaban mutuamente para ver mejor lo que había en el centro del corro. Pedro, como es natural, quiso también saber de qué se trataba. A empujones y codazos, se colocó en primera fila.

Y vio:

Sobre la hierba, la parte central del sillón de ruedas, del cual pendía todavía un trozo del respaldo. El cojín rojo y las tachuelas brillantes testimoniaban todavía su pasado.

—Yo vi cuando lo subían —dijo el panadero, que estaba ni lado de Pedro—. Valía lo menos quinientos francos. Me apuesto cualquier cosa. Lo que yo quisiera saber es cómo ha sucedido la catástrofe.

—El Viejo dice que fue tal vez el viento que lo empujó —observó Barbel, que no se cansaba de admirar el bello terciopelo rojo.

—Menos mal que no lo hizo una persona —añadió el panadero—, porque ¡pobre de ella! En cuanto el señor de Francfort se entere, pondrá seguramente en movimiento la policía para hacer averiguaciones. Por mi parte estoy muy satisfecho de no haber puesto los pies en los Alpes desde hace dos años, pues las sospechas recaerán sobre cualquiera que estuviera en la montaña en el momento del accidente.


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