Heidi

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Otras opiniones se dieron respecto del asunto, pero Pedro no necesitaba oír más. Se deslizó furtivamente por entre el gentío y echó a correr hacia la montaña con todas sus fuerzas, como si alguien lo persiguiese. Las palabras del panadero le inspiraban un profundo terror. De un momento a otro podía llegar de Francfort un policía para entender en el asunto, y si se descubría que había sido él el autor, lo esposarían y lo meterían en la cárcel. Esta perspectiva erizaba a Pedro los cabellos. Llegó a su casa aterrado.

No respondió a las preguntas que se le hacían, rehusó su ración de patatas, se fue hacia el lecho y se hundió en él para ahogar sus gemidos entre las sábanas.

—Pedro debe de haber comido otra vez acederas y le deben de haber sentado mal —dijo Brígida oyéndole suspirar.

—Es preciso que se lleve un poco más de pan. Mañana dale un trozo del mío —dijo la abuela compasivamente.

Aquella misma noche, cuando las niñas contemplaban desde sus camitas el cielo estrellado, Heidi dijo a Clara:

—¿No se te ha ocurrido pensar hoy cuán conveniente es que Dios no nos conceda las cosas en seguida que las pedimos, pues él sabe muy bien lo que nos conviene?

—¿Por qué dices eso, Heidi? —preguntó Clara.


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