Heidi
Heidi —Porque cuando estaba en Francfort no cesaba de rogarle que me permitiera volver en seguida a casa y, como no pude hacerlo inmediatamente, creà que Dios no me habÃa escuchado. Pero he aquà que si yo hubiera dejado Francfort cuando se lo pedÃ, tú no habrÃas venido a los Alpes ni te habrÃas curado.
Clara quedó pensativa.
—Entonces, Heidi, no debemos pedir nunca a Dios, puesto que Él sabe muy bien lo que nos conviene y qué es lo que debe darnos.
—¡Oh, no, Clara! —replicó Heidi—. Debemos rogar a Dios todos los dÃas, pidiéndole muchas, muchÃsimas cosas, para demostrarle que no olvidamos que sólo Él puede concedérnoslas. Si no recibimos en seguida lo que solicitamos no debemos considerar que Dios no nos ha escuchado. Por el contrario, es preciso decir: «Dios mÃo, yo sé que tú me darás alguna cosa mejor y me complace mucho que arregles las cosas tan bien».
—¿Cómo se te ha ocurrido pensar en eso, Heidi? —preguntó Clara.
—Me lo explicó la abuela de Francfort en primer lugar y, como al fin ha sucedido lo que ella dijo, he sabido que ello es verdad. AsÃ, pues, opino —dijo Heidi incorporándose en el lecho— que debemos dar gracias a Dios con mayor fervor por el gran bien que nos ha hecho permitiendo que volvieras a andar.