Heidi

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—Sí, Heidi, tienes razón y te agradezco mucho que me lo recuerdes. A fuerza de ser feliz casi lo había olvidado.

Rogaron, pues, las dos niñas fervorosamente, dando gracias a Dios, cada una por su parte, por la gran felicidad que había enviado sobre Clara, después de tantos años de sufrimientos.

Al día siguiente el abuelo opinó que era conveniente escribir a la señora Sesemann para preguntarle si quería venir a los Alpes, donde le aguardaba una sorpresa. Pero las niñas tenían otro proyecto. Querían preparar a la abuelita una sorpresa todavía mayor. Era preciso que Clara aprendiera a andar mejor aún, para poder dar algunos pasos apoyándose solamente en Heidi. Sobre todo era necesario que la abuelita no tuviera la menor idea de lo sucedido. Se preguntó al abuelo cuánto tiempo se necesitaría para obtener tal resultado, y como éste opinaba que una semana sería suficiente, se escribió a la señora Sesemann para invitarla con insistencia a que fuera a los Alpes ocho días después. Pero no se le dijo cuál era la sorpresa que se le reservaba.

Los días siguientes fueron los más hermosos que Clara pasó en los Alpes. Todas las mañanas, al despertar, oía en el fondo de su corazón una voz que le decía: «Estoy curada, estoy curada. No necesito sillón ninguno. Puedo andar como todos».


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