Heidi

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Después hacía el correspondiente ejercicio. Como cada día progresaba más, aunque poco a poco, Clara pudo intentar dar paseos más largos. Este ejercicio despertaba de tal modo su apetito, que el abuelo hacía cada día las rebanadas más gruesas y las veía desaparecer con creciente satisfacción. Además, aparte del pan, les llevaba cada día un gran jarro de leche espumosa con el que llenaba las tazas una y otra vez.

Así llegó el fin de la semana y, con él, el día en que era esperada la abuela de Clara.












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