Heidi
Heidi El sol de marzo habÃa fundido la nieve en las vertientes de la montaña y por todas partes aparecieron las primeras campanillas. En el valle y más arriba, los abetos habÃan por fin sacudido su pesada carga de nieve y sus ramas volvÃan a moverse alegremente en el viento. Heidi estaba tan contenta que no podÃa estarse quieta, y corrÃa de la cabaña al establo y luego regresaba para contar a su abuelo cómo la alfombra verde, debajo de los árboles, se habÃa extendido, y en seguida volvÃa para mirar, tanta era la impaciencia que sentÃa por ver llegar el verano con sus verdes prados y sus flores multicolores.
AsÃ, una hermosa mañana del mes de marzo, después de salir y entrar por décima vez por la puerta de la cabaña, la niña se sobresaltó al encontrarse frente a un anciano señor que iba vestido de negro y que la miraba con mucha seriedad. Cuando vio el espanto que su aparición causara en Heidi, le dijo amablemente:
—No tengas miedo, yo quiero mucho a los niños. Dame la mano. ¿Verdad que eres la pequeña Heidi? ¿Dónde está tu abuelo?
—Está sentado en la mesa y corta cucharas de madera —respondió la niña abriendo la puerta.