La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma El soldado obedeció con el gesto torcido. Fabricio se acercó al caballo, le pasó la brida con el brazo izquierdo, sin perder de vista al soldado que se alejaba lentamente; cuando vio que estaba a unos cincuenta pasos, saltó ágilmente al caballo. Estaba buscando el estribo derecho con el pie para afirmarse en la montura, cuando una bala le silbó muy cerca. Le había disparado el soldado. Presa de cólera, Fabricio se lanzó al galope tras él, que corría todo lo que podía; lo vio montar en uno de los dos caballos y ponerse a galopar. «Vaya, ya está fuera de alcance» —se dijo—. El caballo que acababa de comprar era magnífico, pero parecía estar muerto de hambre. Fabricio volvió a la carretera, donde seguía sin haber un alma viviente; la cruzó y puso el caballo al trote para llegar a una ondulación del terreno, en el lado izquierdo, donde esperaba encontrar a la cantinera; pero cuando estuvo en lo alto del cerrillo, no vio más que algunos soldados aislados a una legua de distancia. «¡Debe de estar escrito que no la veré más —se dijo suspirando—; una mujer buena y valiente!». Se acercó a una granja que había visto desde lejos, a la derecha de la carretera. Sin apearse y tras haber pagado por adelantado, mandó que trajeran avena para su caballo; el pobre animal estaba tan hambriento que mordía el comedero. Una hora después, Fabricio trotaba por la carretera general, sin dejar de alentar la vaga esperanza de encontrar a la cantinera o, al menos, al cabo Aubry. Sin detenerse y sin dejar de mirar a todos lados, llegó hasta un río pantanoso que cruzaba un puente de madera bastante estrecho. Al otro lado del puente, a mano derecha, había una casa aislada con un rótulo en que podía leerse El Caballo Blanco. «Cenaré ahí» —se dijo Fabricio—. Había un oficial de caballería, a la entrada del puente; llevaba un brazo en cabestrillo; iba montado y tenía un semblante muy triste; a diez pasos de él, tres soldados de caballería, a pie, estaban cargando sus pipas.