La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «Éstos —pensó Fabricio— tienen toda la pinta de querer comprarme el caballo bastante más barato de lo que me ha costado». El oficial herido y los tres de a pie miraban hacia él mientras se acercaba; parecÃan estar esperándolo. «No deberÃa pasar ese puente; mejor serÃa seguir la orilla del rÃo por la derecha. Eso es lo que me habrÃa aconsejado la cantinera para salir del apuro… Ya —siguió diciéndose nuestro héroe—, y mañana me moriré de vergüenza. En cualquier caso, mi caballo es buen corredor y seguro que el del oficial está cansado; si hace ademán de desmontarme, me pondré a galope». Mientras se hacÃa estas reflexiones, Fabricio sujetaba su montura y avanzaba al paso más corto que podÃa.
—¡Acérquese de una vez, húsar! —le gritó el oficial con autoridad.
Fabricio avanzó unos pasos y se detuvo.
—¿Va usted a quitarme el caballo? —preguntó, también a gritos.
—¡De ninguna manera! ¡Acérquese!
Fabricio se fijó en el oficial. TenÃa el bigote blanco, y una cara de absoluta honradez; el pañuelo que le sujetaba el brazo izquierdo estaba empapado de sangre y llevaba la mano derecha envuelta también en un paño ensangrentado.