La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Ahora volvemos —dicen cuatro de los cazadores montados. Y pasan el puente a un trote largo. Fabricio se dirige entonces a los otros dos. En medio de la discusión que se produce, los tres de a pie pasan el puente. Uno de los dos cazadores montados que quedan le pide la orden para verla; se la lleva diciendo:
«Se la voy a llevar a mis camaradas, que no dejarán de venir; tú espera sin moverte». Parte a galope. Su camarada le sigue.
Todo esto sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
Fabricio estaba furioso; llamó a los de la venta; uno de los soldados heridos se asomó a la ventana. El soldado, que tenía galones de sargento, bajó hasta donde estaba y le gritó al llegar:
—¡Sable en mano! Está usted de guardia.
Fabricio obedeció, luego dijo:
—Se han llevado la orden.
—Están así de soliviantados por lo que pasó ayer —dijo el otro con cara sombría—. Le voy a dar una de mis pistolas; si vuelven a desobedecer la orden, dispare al aire y vendré, o se presentará el propio coronel.
Fabricio se fijó en el gesto de sorpresa que puso el sargento cuando le dijo que le habían robado la orden; se dio cuenta de que aquello había sido un insulto personal y se prometió a sí mismo no dejarse burlar otra vez.