La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Desenvainan todos sus sables y caen sobre Fabricio. Se vio muerto, pero recordó la sorpresa del sargento y no quiso ser despreciado otra vez. Retrocediendo en el puente, trataba de asestar estocadas de punta. Ofrecía un aspecto tan gracioso manejando aquel sable de coracero tan grande y recto, demasiado pesado para él, que los húsares se dieron cuenta enseguida de con quien se las tenían y procuraron limitarse a cortarle la ropa sin llegar a herirlo. Recibió, así, tres o cuatro sablazos ligeros en los brazos. Él, a su vez, que no olvidaba el consejo de la cantinera, lanzaba estocadas de punta con toda su alma. Por desgracia, uno de tales puntazos hirió a un húsar en la mano, y éste, encolerizado de que le hiriera semejante soldado, respondió con una estocada a fondo que le alcanzó en la parte alta del muslo. Contribuyó a favorecer esta estocada el caballo de nuestro héroe, que, lejos de rehuir la pelea, parecía que le gustara lanzarse contra los asaltantes. Éstos, al ver correr la sangre de Fabricio por su brazo derecho, pensando que habían llevado el juego demasiado lejos, lo empujaron contra la barandilla de la derecha del puente y escaparon al galope. Cuando Fabricio tuvo un momento de respiro disparó su pistola al aire para avisar al coronel.