La Cartuja de Parma

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Casi sin darse cuenta, sirviéndose de ambas manos, hizo el breve y sordo silbido que servía antaño de señal para ser admitido. Inmediatamente oyó tirar repetidamente de la cuerda que abría el picaporte de la puerta del campanario desde lo alto del observatorio. Se precipitó escaleras arriba, emocionado a más no poder. Encontró al abate en su sillón de madera en el sitio de siempre. Tenía el ojo pegado a la pequeña lente de un cuarto de círculo. Con la mano izquierda le hizo una señal de que no le interrumpiera en su observación; un instante después escribió una cifra en un naipe, luego, volviéndose en su sillón, abrió los brazos a nuestro héroe que se lanzó a ellos deshecho en lágrimas. El abate Blanes era $u verdadero padre.

—Te esperaba —dijo Blanes tras las primeras efusiones y palabras de cariño. ¿Oficiaba el abate de sabio; o bien, dado que pensaba tan a menudo en Fabricio, algún signo astrológico le había anunciado su llegada por puro azar?—. Esto es la muerte, que me llega.

—¿Cómo dice? —pregunto Fabricio conmovido.

—Sí —continuó el abate en un tono serio—, pero nada de tristezas. A los cinco meses y medio, o seis, de haberte visto, una vez que mi vida haya tenido su complemento de felicidad, se apagará

Come face al mancar dell’alimento


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