La Cartuja de Parma

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A la marquesa la dejaron maravillada las gracias de su hijo. Había mantenido la costumbre de escribir dos o tres veces al año al general, conde de A***, como era conocido por entonces el teniente Robert. La marquesa aborrecía mentir a las personas que quería; interrogó a su hijo y se quedó espantada de su ignorancia. «Si a mí me parece poco instruido —se decía—, a mí que no sé nada, a Robert, que es tan sabio, le parecerá que su educación ha sido un desastre; y más ahora que tan necesario es el mérito personal». Otra cosa que le produjo casi tanta extrañeza como la ignorancia de Fabricio, fue que el chico se hubiera tomado en serio todas las creencias religiosas que le habían imbuido los jesuitas. Aun siendo ella muy piadosa, el fanatismo del muchacho la estremeció; «si el marqués tiene la perspicacia de intuir esta vía de influencia, me va a arrebatar el amor de mi hijo» —pensó. Lloró mucho por estas cosas, y con ello su pasión por Fabricio aumentó.








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