La Cartuja de Parma

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En efecto, en vez de retirarse siguiendo la línea más corta para llegar a orillas del lago Mayor, donde le esperaba su barca, estaba dando un enorme rodeo para ver su árbol. Quizá recuerde el lector el amor que Fabricio profesaba por el castaño que su madre había plantado hacía veintitrés años. «Sería muy propio de mi hermano —se dijo— haber mandado cortar el árbol; claro que la gente como él no es capaz de reconocer los sentimientos delicados, ni se le habrá ocurrido. Y, en cualquier caso, aunque lo hubiera hecho, eso no sería un mal presagio» —añadió con firmeza—. Dos horas más tarde, vio consternado que, o bien algún miserable, o bien una tormenta habían roto una de las ramas principales del árbol, que colgaba seca. Fabricio la cortó con ayuda de su puñal y rebanó limpiamente la tajadura, con objeto de que el agua no pudiera entrar en el tronco. Luego, aunque el tiempo era precioso para él, pues no tardaría mucho en amanecer, estuvo una hora larga cavando la tierra alrededor del árbol querido. Una vez terminadas todas estas insensateces, reemprendió con rapidez el camino del lago Mayor. Después de todo, no estaba nada triste, el árbol tenía muy buen aspecto, estaba más vigoroso que nunca, y en cinco años había doblado el tamaño. Lo de la rama no era más que un accidente sin consecuencias; una vez cortada, no perjudicaría al árbol, que incluso ganaría en esbeltez, al empezar la copa más arriba que antes.


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