La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma No habría andado una legua Fabricio, cuando una línea de blancura refulgente dibujó, hacia la parte de levante, los picos del Resegon di Lek, una montaña célebre en el país. Por el camino empezaron a aparecer campesinos; pero, ahora, en vez de concebir ideas de orden militar, Fabricio se dejaba emocionar por las sublimes y emocionantes vistas de los bosques de los alrededores del lago de Como. Son seguramente las más hermosas del mundo; no diré que sean las que renten más escudos nuevos, como dirían en Suiza, pero sí las que más cosas dicen al alma. Pero ponerse a escuchar tales cosas en la situación de Fabricio, o sea, siendo el objeto del amable interés de los señores gendarmes lombardo-vénetos, era una auténtica chiquillada. «Estoy a media legua de la frontera —acabó por decirse—, me voy a encontrar con gendarmes y aduaneros haciendo su ronda matinal. Esta ropa buena que llevo les va a infundir sospechas, me van a pedir el pasaporte y mi pasaporte lleva escrito con todas sus letras un nombre destinado a la cárcel. Me voy a encontrar en la agradable precisión de cometer un asesinato. Si, como es su costumbre, los gendarmes van en pareja, no puedo esperar a que uno de ellos intente cogerme por el cuello antes de hacer fuego; y como me retenga, al caer, aunque sólo sea un instante, me veo en Spielberg». Fabricio, presa del horror, sobre todo por la necesidad de ser el primero en disparar, quizá contra un antiguo soldado de su tío, el conde Pietranera, corrió a esconderse en el tronco hueco de un enorme castaño. Estaba renovando el detonante de sus pistolas cuando oyó a un hombre que venía por el bosque cantando, y muy bien, una canción deliciosa de Mercadante, que estaba entonces de moda en Lombardía.