La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma «¡Esto es de buen augurio!» —se dijo Fabricio—. Aquella canción, que se puso a escuchar con devoción, le borró el punto de cólera que empezaban a tener sus pensamientos. Miró atentamente a los dos lados de la carretera, pero no vio a nadie. «El cantor debe venir por alguno de los caminos laterales» —se dijo—. Casi en el mismo instante vio a un criado muy correctamente vestido a la inglesa, que montaba un caballo de acompañamiento, al paso, y llevaba de la rienda un hermoso caballo de raza, quizá un poco flaco.
«¡Ay!, si yo razonara como Mosca —se dijo Fabricio—, cuando me dice que los peligros que corre un hombre son la medida de sus derechos sobre el prójimo, le dispararÃa un tiro en la cabeza a ese criado y, una vez montado en el caballo flaco, me reirÃa de todos los gendarmes del mundo. En cuanto llegara a Parma, le enviarÃa una cantidad de dinero al hombre o a su viuda…, ¡pero eso serÃa un horror!».