La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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—Amigo mío —le dijo al criado—, no soy un ladrón corriente, empezaré por darle veinte francos, pero me veo obligado a llevarme prestado su caballo; si no escapo rápidamente, me matan. Me vienen pisando los talones los cuatro hermanos Riva, esos grandes cazadores, que seguramente usted conoce. Acaban de sorprenderme en la habitación de su hermana, he saltado por la ventana y aquí estoy. Han salido al bosque con perros y fusiles. Me había escondido en ese castaño hueco, porque he visto a uno de ellos cruzar la carretera, pero sus perros van a descubrirme. Montaré este caballo y galoparé hasta una milla más allá de Como; voy a Milán a arrojarme a los pies del virrey. Si consiente que me vaya sin poner dificultades, dejaré su caballo en la posta con dos napoleones para usted. Si opone la menor resistencia, lo mato con estas dos pistolas. Si cuando me haya ido, pone a los gendarmes tras de mí, mi primo, el valiente conde Alari, caballerizo del Emperador, se tomará la molestia de romperle todos los huesos.

Fabricio improvisó este discurso sobre la marcha en un tono sumamente tranquilo.

—Por lo demás —dijo, riéndose—, mi nombre no es ningún secreto; soy el marchesino Ascanio del Dongo, mi castillo está cerca de aquí, en Grianta. ¡J… —dijo elevando el tono de voz—, suelte el caballo!


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