La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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El criado, estupefacto, no decía nada. Fabricio se pasó la pistola a la mano izquierda, cogió la brida que soltó el criado, montó y partió al galope corto. Cuando estaba a unos trescientos pasos, se dio cuenta de que se había olvidado de darle los veinte francos que le había prometido. Se detuvo. No había nadie en la carretera salvo el criado, que le seguía al galope. Le hizo señas con su pañuelo de que se acercara, y cuando estuvo a cincuenta pasos, le echó al suelo un puñado de monedas y reemprendió la carrera. Desde lejos vio que el criado recogía el dinero. «Es un hombre razonable —se dijo Fabricio riendo—, ni una palabra de más». Partió al galope; al mediodía se detuvo en una casa apartada, y, al cabo de dos horas, reemprendió la marcha. A las dos de la madrugada estaba en la orilla del lago Mayor; enseguida vio su barca meciéndose en el agua; cuando hizo la señal convenida se acercó. No había ningún campesino a quien entregar el caballo, así que dejó en libertad al noble animal. Tres horas después estaba en Belgirate. Sintiéndose en un país amigo, se tomó algún descanso. Se sentía muy contento; todo le había salido muy bien. ¿Puede imaginarse el lector las verdaderas causas de su contento?; su árbol tenía un aspecto soberbio, y su espíritu se había refrescado con el hondo cariño que había encontrado en los brazos del abate Blanes. «¿Creerá —se preguntaba Fabricio— todas las predicciones que me ha hecho, o, quizá, dada la fama de jacobino, de hombre sin fe y sin ley, capaz de todo, que me ha creado mi hermano, ha querido simplemente obligarme a no caer en la tentación de romperle la crisma al primer animal que me juegue una mala pasada?». A los dos días, Fabricio estaba en Parma; a la duquesa y al conde les divirtió mucho el minucioso relato que, siguiendo su costumbre, les hizo de todo lo acontecido en el viaje.


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