La Cartuja de Parma

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Al llegar, había encontrado al portero y a todos los criados del palacio Sanseverina vestidos del más riguroso luto.

—¿Quién se nos ha muerto? —preguntó a la duquesa.

—Esa persona excelente, que oficialmente era mi marido, acaba de morir en Baden. Me deja este palacio, como habíamos convenido; pero además, en muestra de amistad, añade un legado de trescientos mil francos, lo que no deja de crearme preocupaciones; no debería aceptarlo, pero tampoco quiero renunciar a él en favor de su sobrina, la marquesa Raversi, que no hay día que no me haga alguna mala pasada. Tú, que entiendes tanto, tendrás que encontrarme un buen escultor para que le haga al duque una tumba de trescientos mil francos.

El conde se puso a contar anécdotas de la Raversi.

—Por más que he querido ganármela a base de favores —dijo la duquesa—, no lo he conseguido. En cuanto a los sobrinos del duque, los he hecho a todos coroneles o generales, pues, en agradecimiento, no hay mes que no me envíen algún anónimo espantoso; me he visto obligada a tomar un secretario especial para que lea tales cartas.


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