La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Pues esas cartas anónimas son sus pecadillos menores —intervino el conde Mosca—; han montado una factorÃa de denuncias infames. Cientos de veces habrÃa podido llevar a esa turba ante los tribunales, y como Vuestra Excelencia se podrá imaginar —añadió, dirigiéndose a Fabricio— mis buenos jueces los habrÃan condenado.
—Eso lo estropea todo —contestó Fabricio con aquella ingenuidad que divertÃa tanto a la corte—; yo hubiera preferido verlos condenados por magistrados que los juzgaran en conciencia.
—Usted que viaja para instruirse, hágame el favor de darme la dirección de tales magistrados, les escribiré antes de irme a la cama.
—Si yo fuera ministro, me sentirÃa herido en mi amor propio si no tuviera jueces honrados.