La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Me parece —replicó el conde— que, a pesar de querer tanto a los franceses, hasta el punto de haberles prestado antaño el concurso de su invencible brazo, olvida una de sus grandes máximas: «Más te vale matar al demonio antes de que éste te mate a ti». Ya me gustarÃa a mà ver cómo gobernaba usted a estos espÃritus ardientes, que se pasan el dÃa leyendo la Historia de la Revolución Francesa, con unos jueces que absolvieran a toda la gente que les envÃo. AcabarÃan por no condenar ni a los canallas más evidentemente culpables y se creerÃan unos nuevos Brutos. Y ahora voy a plantearle un reparo; usted, que tiene una conciencia tan delicada, ¿no tiene ningún remordimiento a propósito de ese hermoso caballo un poco flaco que acaba de abandonar a orillas del lago Mayor?
—Tengo pensado —dijo Fabricio muy serio—, hacerle llegar al dueño del caballo la cantidad que haga falta para compensarle los gastos en avisos y demás disposiciones que tome para que le devuelvan el caballo los campesinos que lo hayan encontrado. Leeré todos los dÃas el periódico de Milán y buscaré el anuncio de un caballo perdido. Conozco perfectamente las señas de ese caballo.